FELIZ NAVIDAD 2015

lunes, 23 de junio de 2014

La historia que hay detrás de «Cenicienta y el trovador:



El verdadero origen de la historia de «Cenicienta y el trovador» se remonta a mi infancia. No recuerdo con exactitud el año, pero sí que fue poco después de conocer el cuento de Cenicienta pues me quedó dentro una duda que nadie me solucionaría a lo largo de los años ¿Por qué el zapato que se le cae a Cenicienta no deja de ser, en el instante que finaliza el hechizo? Aunque no estuviera en su pie debió de desaparecer como ocurrió con los demás elementos del hechizo, carroza, corceles, el vestido o el otro zapato. Siempre me intrigó, precisamente, el hecho de que debido a aquel incumplimiento del hechizo, la muchacha fuera encontrada después de aquella noche por el príncipe. Era, como si hubiera alguien muy poderoso que estuviera por encima de los poderes de una hada y de sus hechizos, a quién le interesara que dicho zapato continuara en esta realidad a pesar de haber finalizado el hechizo por el cual se creó.
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Como es natural esta cuestión quedó relegada pero no por ello olvidada durante muchos años, dado que a todo adulto que se lo preguntaba nadie me sabía dar una respuesta satisfactoria. Los años fueron pasando. Mi infancia transcurrió feliz, seguida de una alborotada adolescencia más feliz si cabe. Alborotada, lo digo por dos razones, la primera por los lógicos efectos hormonales inherentes a esta maravillosa época de nuestras vidas. La segunda, en referencia a los alborotados y mágicos años históricos en los que se desarrolló dicha adolescencia. Cuando Franco murió, noviembre del 1975, yo tenía 14 años. Vivir aquella época histórica de mi país como adolescente fue un privilegio.
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Los años fueron pasando. Me casé, formé un hogar. Y la vida me llevó a una de las etapas más duras que he vivido: Mi madre sufría Alzheimer. Poco a poco se fue marchitando su mente. La memoria la fue abandonando sin dolor físico —lo que es de agradecer— para la enferma pero un amargo dolor sicológico, sobre todo, para los familiares más directos. Personalmente, me estremecía el hecho de que mi madre, aparentemente, no me reconociera, no pusiera una sonrisa en su semblante al verme como siempre había hecho. En la primavera del 2009 tuvo una fuerte infección que la llevó al hospital. Al cabo de dos semanas le dieron el alta, tras superar dicha infección que, sin embargo, dio al traste con las pocas fuerzas que le quedaban. Mi madre a partir de entonces entró en la fase terminal de esta cruel enfermedad de silencioso desgaste que es el Alzheimer. Era totalmente dependiente, incluso para las más básicas tareas, aseo personal, necesidades fisiológicas, nutrición etc, etc.
Se contrató a una persona para que la atendiera y cuidara durante los días laborales y los fines de semana nos turnábamos mi hermana y yo para cubrir sus necesidades más básicas: Darle de comer, cambiar pañales, aseo personal etc, etc.
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Siempre que yo la cambiaba o aseaba veía en su barriga blanquísima una gran cicatriz que la abarcaba de lado a lado. Ella seguía con la mirada ausente, perdida, con un rostro sin gesto. Sin embargo, aquella cicatriz resonaba en mis oídos cada vez que la veía. Aquella cicatriz era la huella perpetua que me unía a mi madre. La miraba y me sentía orgulloso de mi madre. Sí, de aquel ser que parecía más un vegetal que un ser humano, era mi madre. 
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Os diré el motivo por el cual me invadía aquella fortaleza interior cada vez que veía la cicatriz:
Por lo visto, mi madre durante mi embarazo tuvo unas fiebres muy altas. La tuvieron que llevar del pueblo, Chelva, a la ciudad, Valencia. Allí se determinó que junto al embarazo había una especie de tumor —Hay que recordar que era 1961 y los medios que disponía la medicina en España no eran los actuales—. A mi madre antes de intervenir quirúrgicamente le explicaron el riesgo que conllevaba continuar con dicho embarazo después de la operación. Todos los médicos le aconsejaban lo mismo: Era arriesgado continuar con el embarazo, los puntos saltarían a medida aumentara el volumen del feto. Fue un tira y afloja con el destino. Por lo visto, había sido un embarazo doble, pero el otro feto falleció dentro y el riesgo de que aquella especie de bolsa reventara era inminente, lo cual sería la muerte fulminante de mi madre y mía, por supuesto.

Ante tanta incertidumbre por parte de familiares y médicos surgió la voz potente de mi madre, quien mirando a los ojos del cirujano tomó su brazo con ambas manos e imploró no con voz suplicante sino con autoridad: “Nadie privará de la vida a este hijo que ya antes de nacer lucha por vivir. Si he de sufrir hasta parir, lo haré sin dudar”. El médico se quedó sin habla y la operación se llevó a cabo con éxito. Esa cicatriz da fe de aquello.
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Durante este año 2009, en los descansos que se producían después de darle la merienda y asearla, mientras mi madre dormía plácidamente como una niña, un servidor se iba a la terraza lleno de sensaciones muy dispares. Colapsado muchas veces por la visión de la cicatriz. En esos estados de cierta transcendencia a mi mente regresó la inquietud de mi infancia. La cuestión «Cenicienta». Tal vez parezca extraño pero así fue. Dentro de mí surgió una necesidad de escribir la continuación de la Historia de Cenicienta, donde se pudiera resolver la cuestión del zapato, del destino y de tantas interrogantes que me afloraban en aquellos momentos.
De esta forma cada fin de semana que iba a casa de mi madre, durante aquellas tardes en la terraza comencé a crear, a escribir en blogs usados o en servilletas de papel escenas de lo que sería «Cenicienta y el trovador». Después, al llegar a mi casa, pasaba al ordenador lo escrito.
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En Febrero del 2010 mi madre falleció y con ella, la historia de Cenicienta y el trovador quedó aparcada. Antes algún capitulo lo subí a dos páginas en internet, más que nada para saber la opinión de otras personas. La verdad es que no me esperaba que gustara, más bien creía que me dirían que aquello era algo infantil. No lo es, en absoluto. Mi estado de ánimo tras la muerte física de mi madre no estaba para soñar, precisamente, o eso creía yo.
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En el verano de 2011 dentro de mí despertó la acuciante necesidad de terminar aquella obra que había comenzado hacía dos años. Era como si algo me llevara a ello. Y así fue como comencé de nuevo a recopilar lo que había disperso y a darle forma, de lo que sería una preciosa historia en la que todos caben por igual. Es una historia donde la humildad se hace poder y la sencillez, fuerza. El amor verdadero no tiene límites de ningún tipo, ni el de una madre por un hijo. Los lazos de sangre son fruto del amor que hubo entre los padres. El amor de verdad es el origen y destino del universo. Nada hay más poderoso que la fuerza del amor.
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Esta es la pequeña historia que hay tras la novela. Una historia sencilla, la mía. Creo que después de haber leído lo anterior, todos comprenderán el motivo por el cual, «Cenicienta y el trovador. Lo que nunca se contó» es un Libro Solidario con AFAV Asociación Familiar Alzheimer Valencia por el cual se donará el 10% del beneficio de su venta y comercialización. Es una gratificante forma de decir: «Gracias Mamá».

JuanVCosín. AZULPLATA